jueves, 15 de agosto de 2013

LA FUENTE DE LAS VOCACIONES.

Anthony de Mello.         

 El gurú, que se hallaba meditando en su cueva del Himalaya, abrió los ojos y descubrió, sentando frente a él, a un inesperado visitante: el abad de un célebre monasterio:
 
-¿Qué deseas?, le preguntó el guró. 

El abad le contó una triste historia. En otro tiempo, su monasterio había sido famoso en todo el mundo occidental, sus celdas estaban llenas de jóvenes novicios, y en su iglesia resonaba el armonioso canto de sus monjes. Pero habían llegado malos tiempos: la gente ya no acudía al monasterio a alimentar su espíritu; la avalancha de jóvenes candidatos había cesado y la iglesia se hallaba silenciosa. Sólo quedaban unos pocos monjes que cumplían triste y rutinariamente sus obligaciones. Lo que el abad quería saber era lo siguiente:

-¿"Hemos cometido algún pecado para que el monasterio se vea en esta situación?".

-"Sí", respondió el gurú, "un pecado de ignorancia".

- "¿Y qué pecado puede ser ése?"

-"Uno de vosotros es el Mesías disfrazado, y vosotros no lo sabéis".

Y, dicho esto, el guró cerró sus ojos y volvió a su meditación.

Durante el penoso viaje de regreso a su monasterio, el abad sentía cómo su corazón se desbocaba al pensar que el Mesías, ¡el mísmisimo Mesías!, había visitado su monasterio. ¿Cómo no había sido él capaz de reconocerlo?
 

¿Y quién podrá ser? ¿Acaso el hermano cocinero? ¿El hermano sacristan? ¿El hermano administrador? ¿O sería él, el hermano prior? ¡No, él, no! Por desgracia, él tenía demasiados defectos...

Pero resulta que el gurú había hablado de un Mesías "disfrazado"... ¿No serían aquellos defectos parte de su disfraz? Bien mirado, todos en el monasterio tenían defectos... ¡Y uno de ellos tenía que ser el Mesías!

Cuando llegó al monasterio, reunió a los monjes y les contó lo que había averiguado. Los monjes se miraban incrédulos unos a otros:

-¿El Mesías aquí? ¡Increíble! Claro que, si estaba "disfrazado", no era probable que pudiera reconocerlo. De modo que empezaron todos a tratarse con respeto y consideración. "Nunca se sabe", pensaba cada cual para sí cuando trataba con otro monje, "tal vez sea éste..."

El resultado fue que el monasterio recobró su antiguo ambiente de gozo desbordante. Pronto volvieron a acudir docenas de candidatos pidiendo ser admitidos a la Orden, y en la iglesia volvió a escucharse el jubiloso canto de los monjes, radiantes de espíritu de Amor.

 


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