miércoles, 11 de diciembre de 2013

A TRAVÉS DE UNA PEQUEÑA GRIETA.

Un día el diablo tuvo hambre. Tomó consigo un saco y decidió ir por almas. Naturalmente, deseaba un bocadillo apetitoso.
 

Se apostó pues, entre las hojas de un árbol, frente a la ventana de un hombre santo. Y esperó.
La jornada del santo hombre transcurría, en verdad, nítida como el cristal, entre oraciones, gestos de bondad, y sentimiento elevados. Ninguna imperfección. Ninguna concesión. Tanto que el diablo lo admiró.
Y su apetito creció.
En verdad, parecía que no había nada que hacer. Pero un día mientras estaba examinando aquella alma toda blanca, notó que también ella, como todas, tenía una pequeñísima grieta: a la puesta del sol, el santo hombre se asomaba a la ventana para mirar el sol que se escondía: y experimentaba un breve momento de melancolía. Esto le bastó al diablo. Concentró todos sus esfuerzos hacia aquel momento, lo excavó, lo dilató y, cuando se hizo un hueco profundo, derramó dentro todos sus enredos más eficaces: primero la angustia, después la amargura y por fin la desesperación.
De manera que no tuvo más que alargar la mano para hacer una gran comida.
Dino Semplici

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